(Ciclo Informativo, abril 2026). Un hecho de violencia y abuso infantil se registró en el estadio de Pequeñas Ligas Coquivacoa, donde un padre golpeó a su hijito de 8 años de edad porque lo poncharon en el juego de béisbol. El ciudadano, identificado como Jonathan José Castillo Méndez, chofer de la línea Milagro Norte, fue aprehendido por funcionarios policiales tras una denuncia recibida a través del enlace telefónico de la Gran Misión Cuadrantes de Paz.

El deporte infantil debería ser un espacio de aprendizaje, diversión y compañerismo. Sin embargo, la tarde de este lunes 13 de abril, el estadio de Pequeñas Ligas Coquivacoa fue escenario de un acto de violencia que conmocionó a los presentes. Un padre, incapaz de manejar la frustración por el desempeño de su hijo en el juego, agredió físicamente al menor de 8 años. La denuncia fue activada rápidamente a través del sistema de Cuadrantes de Paz.
Aproximadamente a las 5:04 p.m., se recibió una denuncia telefónica indicando que en el estadio se había presentado una fuerte discusión entre los padres de los integrantes del equipo, y que un representante había agredido físicamente a su hijo. Una comisión policial se trasladó al sitio y entrevistó a testigos, quienes señalaron al ciudadano Jonathan José Castillo Méndez como el agresor.
Se activó el equipo de guardia del Consejo de Protección del Niño, Niña y Adolescente de Maracaibo, con la consejera quinta de Protección. El niño agredido fue trasladado a un centro médico para ser valorado, y el padre fue aprehendido por efectivos de Polimaracaibo. Los testigos se trasladaron al comando policial para rendir entrevista. El caso fue notificado a la Fiscalía Trigésima Quinta del Ministerio Público.
Cierre reflexivo:
Un niño de 8 años es ponchado en un juego de béisbol. En lugar de una palabra de aliento, recibe golpes de su propio padre. La imagen es dolorosa, pero no aislada. La presión por ganar, la frustración mal manejada, la idea errónea de que el deporte es solo competencia y no formación, pueden llevar a adultos a cometer actos que dañan para siempre la relación con sus hijos. La rápida actuación de los cuerpos de seguridad y del Consejo de Protección es clave, pero no suficiente. Falta una cultura de crianza basada en el respeto, en la comprensión de que los niños aprenden más de los errores que de las victorias. El padre agresor enfrentará ahora las consecuencias legales. Pero el niño, ¿quién lo ayuda a procesar lo que vivió? La violencia no enseña; lastima. Y el béisbol, que debería ser una escuela de valores, se convirtió en un campo de dolor. Ojalá este caso sirva para reflexionar. Porque los niños no están para cumplir las expectativas frustradas de los adultos. Están para jugar, para aprender, para equivocarse y para seguir intentando. Eso es lo que deberíamos enseñarles. No a ganar a cualquier costo, sino a levantarse después de cada ponche. Con respeto. Con amor. Sin violencia.
Cortesía- Prensa Alcaldía Bolivariana de Maracaibo